Etiquetas

, ,

*Ponencia escrita como parte de la presentación del manual sobre derecho de los animales preparado por el Pro Bono de la Organización Nacional de Derecho de los Animales (ONDA) de la Escuela de Derecho de la Universidad de Puerto Rico en el año 2009. Esta fue la introducción al evento.


Featured image

Antes de todo, quisiera puntualizar y lanzar a la consideración de todos los presentes, el hecho mismo de la pertinencia de la discusión que nos atañe hoy día. Hoy pretendemos dialogar y pensar, y recalco el verbo y la acción de pensar, el tema de los llamados “derechos de los animales” y, como consecuencia inevitable, cómo hemos considerado en Occidente lo que llamamos unilateral y simplistamente animal. Sin embargo, antes de adentrarnos en un breve ejercicio genealógico sobre la construcción del sujeto animal, me propongo establecer de forma contundente la pertinencia de meramente discutir el tema, paso previo a tomar acción sobre el mismo.

Primeramente, es propio determinar si la relación que debe existir entre los seres humanos, como miembros de la especie humana, y las demás especies animales, debe ser parte de lo que hemos entendido generalmente como ética. Ética, como disciplina filosófica que pretende auscultar y estudiar el proceder y acción de los seres humanos, incide directamente en el actuar del ser humano que, por su propia naturaleza causal, conlleva siempre determinados efectos en su entorno. Por el contrario, el juicio sobre lo bello, o el juicio estético, entendiendo que la palabra en castellano estética tiene como antecedentes semánticos griegos las voces aisthesis (con sus acepciones más comunes sensibilidad y sensación), y aisthetiké (denotando percepción y también sensación), versa sobre el estudio y reflexión sobre lo bello, que en su raíz platónica también significa lo bueno. De otro lado, Ética, que entre sus múltiples acepciones en griego clásico ha sido generalmente definida como “costumbre”, “moral” y “hábitat”, ha sido un espacio de reflexión sobre dos elementos neurálgicos de la existencia humana: la acción humana y sus consecuencias o efectos.

Comienzo con esta discusión, porque comúnmente, y en parte gracias a la obviedad de la grandísima mayoría de los pensadores occidentales, se ha destinado el pensar ético a la relación que debiera existir entre los seres humanos, dándole la espalda radicalmente a aquellos fenómenos de nuestro entorno que, a pesar de que reciben los efectos de nuestras acciones, no son considerados como relevantes al tema, entre ellos, las demás especies animales que cohabitan con nosotros. Sin embargo, entiendo correcto y prudente que el juicio crítico práctico, o juicio ético, tome en consideración de forma seria a aquellos que son violentados o afectados por nuestros actos, independientemente si son seres humanos o no. Como veremos más adelante, este proceder antropocentrista se enclava en consideraciones discriminatorias hacia demás seres vivientes no pertenecientes a la humanidad, y que hace unas pocas décadas se ha denominado como especismo, que es una traducción al castellano de la palabra en inglés specicism. El hecho de entender la Ética, o el estudio de lo que debe ser o cómo se debe proceder, de manera tal que sólo incluya las relaciones de los seres humanos, debe ser subvertido radicalmente al ser conscientes sobre el efecto causal que nuestros actos como seres humanos tienen en demás especies animales y el ambiente mismo.

Por otro lado, anteriormente hice una diferencia entre juicio estético y juicio ético, con miras no sólo de diferenciarlos en sus mismos términos, sino de traer a colación la percepción de muchos seres humanos sobre qué debe regir nuestra relación respecto otros seres animales. Comúnmente, Occidente ha vislumbrado la relación que debe existir entre los llamados animales y los seres humanos, mediante consideraciones estéticas. El hecho de que hoy, en pleno siglo XXI sigamos pensando en otros seres animales como alimento, vestimenta, entretenimiento y medios científicos, nos remite, especialmente las primeras tres consideraciones, a una relación estética, pero no ética, con las demás especies animales. Dado que nuestras acciones en el mundo tienen efectos directos en un sinnúmero de especies animales distintas, creo imperativo el que la discusión sobre nuestra relación con dichas especies animales sea eminente y plausiblemente ética, y no meramente estética. En otras palabras, que la discusión sobre el nexo que debe existir entre el ser humano y demás especies no sea el simplismo de “me gusta determinado sabor de ese animal”, “me divierto viendo cómo ese animal brinca un aro que le pone un payaso”, o “me agrada tanto la piel de determinado animal para protegerme del frío o simplemente como objeto de lujo ante otros seres humanos”.

El quedaros dentro de los contornos estéticos de la relación entre los seres humanos y los llamados animales, presupone, a mi modo de ver, una irresponsabilidad ética respecto a aquellos que sienten, padecen y tienen grados de consciencia sobre los efectos que conllevan y provocan nuestras acciones en la Tierra. Lo que propongo y lo que exhorto, a modo urgente, es considerar éticamente nuestra relación, cualquiera que sea y con los grados de conocimientos que tengamos de ella, con otras especies que, sin duda alguna, no tienen un lenguaje común con nosotros, así como nosotros tampoco con ellas, para comunicarse directamente de forma racionalmente inteligible. Hoy día, billones y billones de animales pertenecientes a otra especie que no es la humana son nacidos, crecidos, matados y consumidos por la mano del ser humano, en lo que hace no tantos siglos atrás se comenzó a desarrollar como la industria de producción de bienes animales, destinada mayormente a la producción de alimento y vestimenta, y más recientemente la industria de las experimentaciones científicas con un sinnúmero de animales que son matados para producir bienes de consumo exclusivo para el humano. Ante este trato evidentemente violento contra demás especies, es responsabilidad nuestra, de los seres humanos, el examinar nuestras acciones al respecto, pensando seriamente los efectos que ellas crean en otras especies que, nosotros mismo, la especie humana, ha categorizado y clasificado de forma racional dentro de un esquema egoísta y antropocentrista.

Ahora bien, si bien entiendo que es sumamente pertinente, imperativo y urgente el pensar y discutir este tema de vital importancia para el pensar ético en sí, también soy consciente de que la concepción que hemos desarrollado y construido de ese sujeto que hoy denominamos singularmente animal, y recalco el calificativo de singularmente, es esencial para entender por qué no hemos realmente tomado en consideración, de forma ética, las demás especies animales. Las construcciones de sujetos determinan, por así decirlo, el trato que se les va a dar según sea su categoría. Si bien en no hace más de dos siglos había una gran parte de Occidente que consideraba a los miembros de la raza negra como meros bienes de consumo con precio valor para ser mercadeados, ello no se trataba de ninguna cualidad intrínseca al los seres humanos que fueron clasificados de esa manera, sino de la construcción conceptual que caracterizó la figura del negro, atribuyéndole determinada inferioridad respecto el ser humano perteneciente a la raza blanca. Podemos aducir un sinnúmero de ejemplos tales, como bien lo es la construcción del sujeto femenino como alguien débil e inferior de por sí, respecto al sexo y género masculino, llevada a cabo por sociedades consciente e inconscientemente patriarcales y sexistas.

De esa construcción, por ejemplo, se deriva el otorgamiento de derechos y obligaciones a los miembros pertenecientes de esa creación de sujeto. Dado el grado de inferioridad con el que se construyó determinado sujeto femenino, por ejemplo, una sociedad preponderantemente machista decidió privar a la mujer, o al ser humano que fue denominado como mujer, de derecho tales como el voto, administración de bienes o el ejercicio de dominio sobre determinada propiedad, en ausencia de un miembro del género masculino que le supliera literalmente capacidad. De esta forma, Occidente, y me remito a Occidente porque las categorías que manejamos están derivadas de pensadores occidentales mayormente, ha creado una concepción de lo que hemos denotado como animal, de forma tan peculiar y rotundamente simplista. Echémosle un breve vistazo a cómo se ha desarrollado generalmente, y en términos teóricos, ese concepto de animal que hoy día manejamos de manera tan segura, y a base de qué fundamentos enclava su sentido o sentidos.

Como tienen en el manual, en el siglo IV antes de nuestra era, Aristóteles, uno de los ejes principales de la filosofía griega antigua, y prisma intelectual utilizado profusamente a través de más de dos siglos de historia, describió al ser humano, u hombre, como animal con logos. Este calificativo de logos, tan utilizado hoy día como raíz semántica de tantas palabras, entre sus múltiples acepciones significa “razón”, “palabra” o “discurso”. Como contraposición a esta construcción del ser humano racional, con palabra para comunicarse y discurso común entre sus pares, se encuentra la visión simplista y tajante del animal que, como es obvio, incluye un sinnúmero de especies con tremendas diferencias tanto orgánicas, fisiológicas como psicológicas. El mero acto de homogeneizar a toda esa gama prolija de especies animales en un solo término que las describiera de forma universal y general, refiere a un punto de vista eminentemente antropocentrista, o lo que es igual, que posiciona al ser humano como eje y objeto de estudio, excluyendo cualquier diferencia de otros miembros de otras especies que pudieran ser relevantes para la discusión de qué es eso de animal, que al parecer, se puede resumir como aquello que no es ser humano, o aquello que no es un animal con logos; lo diferente a la humanidad.

Sin embargo, para ser justos con eso que llamamos pensamiento o filosofía de la panacea originaria de la civilización, la hoy denominada antigua Grecia, es preciso mencionar la figura de Pitágoras, nacido dos siglos antes de Aristóteles, aproximadamente, y quien promulgó el vegetarianismo como una de las prohibiciones éticas para que nuestra alma se encarnara en cosas existenciales más elevadas, siendo posible reencarnar como otra especie animal, como planta o como dios. Este rechazo a la carne, de varios sentidos, y que tuvo tanta influencia en la posterior filosofía platónica y neoplatónica, tiene, ya sea por causalidad o “coincidencia”, sin duda alguna, raíces comunes con varias filosofías y religiones orientales, como el brahamanismo, el budismo, el jainismo y el tao, todas religiones y filosofías basadas en una concepción de las otras especies donde hay un vínculo existencial entre los seres humanos y los demás entes vivos, o sea, que existe un parentesco entre ellos y no una mera preeminencia del ser humano como eje exclusivo a considerar.

De forma evidente, no fue aquella idea pitagórica la que fue más desarrollada y asumida en el devenir histórico posterior, ni en la filosofía platónica que, como ya he dicho, está sumamente influenciada por la filosofía pitagórica, sino la visión aristotélica de aquel ser animal que no tiene logos, palabra, discurso y razón. Con esta idea en mente, no puedo visualizar un pensamiento medieval occidental sin la importantísima figura de Tomás de Aquino, quien en el fructífero y rico en pensadores siglo XIII, armonizó versiones predominantes del aristotelismo y platonismo, siendo el primero, Aristóteles, la figura clave en su pensamiento teórico. Pues bien, en su filosofía moral, Tomás de Aquino condena éticamente el proferir daño a otro ser animal, o a un animal, en tanto que esta acción puede incidir nocivamente en el bienestar de otro ser humano. En otras palabras, el causarle daño a un animal es éticamente incorrecto si y sólo si causa un efecto negativo en los intereses de otro individuo perteneciente a la especie humana, en otras palabras. Esta visión es sumamente importante por el grado de cosificación que llega a ostentar aquello que general y universalmente se denominó como animal, en el discurso moral imperante no sólo en el Medievo, sino en prácticamente toda la Modernidad.

De hecho, es el muy notable filósofo y científico René Descartes quien bautiza vehementemente a ese animal sin palabra, a ese animal irracional, como un mero ser autómata. ¿Qué significa esto? Y ¿Qué repercusiones tuvo en el pensamiento moderno de Occidente? Pues huelga decir que aquella dicotomía o escisión que implantó Aristóteles respecto al animal con logos y al animal sin logos, Descartes la puntualiza de forma más tajante y controvertible, al privarle radicalmente a cualquier tipo de especie animal “irracional” la misma capacidad o potencialidad de sentir, pensar, imaginar o desear, o sea, aquello que denominaba como uno de los componentes esenciales del ser humano: la res cogitans. Por el contrario, el ser humano, único ser racional en el universo cartesiano, era quien único poseía cabalmente la res cogitans, o sea, esa capacidad de sentir, imaginar, desear y pensar, al igual que la notoria res extensa, o corporeidad física. Lo que significa esto, es que quien se considera uno de los padres intelectuales de la Modernidad, desproporcionó raudamente a los seres vivos y animales de otras especies, de cualquier tipo de potencialidad de tener consciencia, razón, comunicación, volición y consciencia de sufrimiento o cualquier otro tipo de afecto.

Esta concepción del animal “irracional” como un mero autómata, guiado por las fuerzas de las leyes naturales y carente de cualquier tipo de consciencia o volición, es precisamente la mejor justificación para considerar a un miembro de otra especie como una mera cosa. Ya que esa cosa no tiene capacidad alguna para sufrir o tener alguna consciencia de afecto o interés propio, entonces sería irrelevante el considerarlo en el estudio de la Ética, al no ser lo suficientemente capacitados para tener consciencia de los efectos que acarrean los actos del ser humano. Esta perjudicial noción cosificante del animal sin logos, o animal irracional en su versión más coloquial, la llegan a asumir y desarrollar, sin especial atención, a mi parecer, pensadores posteriores de la talle de John Locke e Immanuel Kant. El primero, uno de los más grandes exponentes del empirismo inglés, así como de las teorías de gobierno civil y democrático hoy día, expuso su parecer sobre cuál debía ser la relación ética entre los seres humanos y demás animales, prácticamente igual a la versión tomista, es decir, que iba a ser condenable moralmente el proferirle daño a un animal, siempre y cuanto este daño perjudicara a otro ser humano. De igual forma, al considerar ese autómata cartesiano, a ese ser sin anima, ni razón ni palabra, el alemán Immanuel Kant, figura imprescindible del Idealismo Alemán, no entendió a los animales como fines en sí, sino como meras cosas, en pleno siglo racionalista a ultranza. Lo que significa esto, es que la actitud crítica práctica, o el juicio ético, quedaba predominantemente ceñida a las relaciones entre seres racionales.

Hasta este momento, se han discutido corrientes de pensamiento que excluyen a los animales de ser parte integral de un discurso ético que los considere en tanto seres en sí, sino que siempre que ha hablado sobre cómo nos debemos comportar respecto a aquello que no es ser humano, se hace entendiendo al animal irracional como mera coseidad, y no como ente con aquellos atributos que hacen del ser humano un ente alegadamente superior, como evidentemente lo ha sido la razón, según lo discutido hasta aquí. Sin embargo, ante esta cosificación intensa y progresiva que han sufrido las demás especies de animales, hay dos pensadores que han puesto sus ojos críticos en la relación que debe existir entre el ser humano y el animal irracional, desde una esfera distinta al racionalismo antropocéntrico que ha caracterizado los discursos anteriormente esbozados de forma bastante escueta. Para efectos de este breve ejercicio, sólo mencionaré a los que entiendo son los más pertinentes antes del siglo XX, o sea, el ilustrado francés Jean J. Rousseau y el utilitarista británico Jeremy Bentham. Para Rousseau, y que entiendo es un cambio de percepción sumamente importante en la visión que se tenía del animal como autómata o animal sin logos, los animales, en general, formaban parte del entorno natural dominado y regido por leyes naturales, al igual que los seres humanos. Por ende, los animales pertenecían al conjunto de leyes naturales dado que éstos padecían y eran afectados por la naturaleza misma. Esta cualidad de ser afectado es de vital importancia para las discusiones posteriores sobre los animales y, cómo no, para la filosofía moral de Bentham.

Para el pensamiento de Bentham, no debe haber una ley que considere inferior a otra especie en nombre de la ley que, como él arduamente adujo, “los tiranos alguna vez le arrebataron a los demás seres vivos”. Esto, ya que los seres vivos hasta ahora considerados autómatas, sí tenían capacidad de sufrimiento, lo que es decisivo para que Bentham justificara la no discriminación contra esas especies hasta ahora consagradas como inferiores, incluyendo los esclavos, que en ese momento eran considerados legal, social y naturalmente inferiores por el hecho mismo de la creación del sujeto que se había construido para denotarlos como entes vivientes. Por tanto, con estas aportaciones sobre la capacidad de sufrimiento de los demás seres animales, sin duda alguna se fue creando, muy lentamente, determinada conciencia moral y ética sobre cómo estábamos tratando los animales que, aunque inferiores en prácticamente la totalidad de las líneas y escuelas de pensamiento, iban apareciendo como seres sufrientes en el panorama ético de Occidente, vuelvo y repito, muy lentamente.

Dada esta corriente diferente de pensamiento sobre los animales irracionales ya no como meras cosas, aunque en la mayoría de los casos inferiores comoquiera ante la presencia del ser humano, es en Gran Bretaña, corrientemente caracterizada como un puntero liberal, que emerge la primera asociación que conocemos como organización para prevenir la crueldad contra los animales, conocida como Royal Society for the Prevention of Cruelty to Animals, fundada en 1824. Esta sociedad surge con el propósito de impulsar la efectividad y eficacia de la legislación novel británica sobre la prohibición de algunos aspectos de la crueldad contra determinados animales irracionales, desarrollada desde el siglo XVII. Como ya se puede pronosticar, Gran Bretaña, país esclavista hasta el siglo XIX, fue pionera tanto en la legislación protectora de especies animales diferentes a la especie humana, así como en ser el primer país que tuvo varias organización que lucharon prolijamente por erradicar lo más posible la crueldad contra demás especies animales.

Posteriormente, y luego de abolida la esclavitud en Estados Unidos de América, se creó un modelo similar de organización al anteriormente mencionado en Gran Bretaña, y pionero en la lucha en contra del maltrato de algunas especies animales en aquella nación y en las Américas, al que se denominó la American Society for the Prevention of Cruelty to Animals. Aquí es pertinente expresar que fue en el siglo XIX cuando se llevaron a cabo esfuerzos teóricos y científicos o prácticos dirigidos a investigar la misma naturaleza animal del ser humano, no sólo con teorías darwinistas en sus diversas modalidades, sino en áreas como la filosofía, psicología, antropología y sociología, entre otras, las cuales, a excepción de la filosofía, se gestaron como fundo teóricos independientes en el mismo siglo XIX. Para dar un ejemplo un tanto claro sobre esto, la corriente de pensamiento del pragmatismo, o pragmaticismo americano, desarrollado originalmente por Charles Sanders Peirce, y seguido, con múltiples diferencias, por académicos tales como el juez Oliver Wendel Holmes, el sociólogo John Dewey y el psicólogo William James. Es notoria la aportación de aquellos integrantes del Metaphisical Club al situar al ser humano como un animal más con raciocinio, con las debidas diferencias entre las teorías pragmatistas de aquéllos, ya no entendiendo al ser humano como una sustancia prácticamente etérea y animada, o un tercero espectador con res cogitans, y situar la animalidad tanto en lo físico como mental del ser humano.

También hay que decir que muchas de estas teorías postdarwinistas, tendieron a reforzar argumentos racistas anteriormente vacuos o dogmáticos, con fundamentos científicos y racionales sobre las diferencias entre las especies. Si bien las postrimerías del siglo XIX y principios del XX se tambalearon entre clasificaciones y categorías cientificistas sobre los entes vivos, la lucha en contra del maltrato de los animales, afincada en la conciencia de sufrimiento que ostentaban los animales, expresados todavía de forma homogénea, tuvo un período de inacción gracias a l comienzo de la Gran Guerra y su continuación, la Segunda Guerra Mundial. Al parecer, durante ese momento tan terrible para la historia de la humanidad, a la vez sumamente novel en nuevas técnicas macabras, el fenómeno de la crueldad contra los animales no fue una prioridad en términos de luchas sociales, aunque sí se pueden contar varios ordenamientos jurídicos que abordaron el tema con una cínica preocupación, a mi entender, como lo fue el gobierno del Tercer Reich en Alemania, quien tenía uno de los ordenamientos jurídicos respecto a prevención de crueldad de los animales irracionales más completos y enjundiosos de la historia.

Luego de la Segunda Guerra Mundial, y su correlativa debacle humana y europea, entre otras, y la multiplicación desmedida y liberal de las industrias de bienes de consumo derivados de animales irracionales, la ya mencionada Gran Bretaña se ratifica como pionera en la lucha contra el maltrato de animales en Occidente, siendo cede, especialmente en la vieja y medieval universidad de Oxford, de un grupo llamado el Oxford Group, que en 1970 empezó a insertar el debate bioético sobre los “derechos de los animales” a las mismas aulas e instituciones de la universidad y su ambiente. Huelga destacar que el miembro más prominente de este importante grupo fue Richard Ryder, quien ya en la década de los años 70 comenzó a utilizar profusamente el término especismo, para denotar literalmente el discrimen de una especie respecto otra especie, esgrimiendo fundamentos en pro de una superioridad sobre los intereses humanos en comparación a los intereses de otras especies animales.

Sin duda alguna, este grupo, y el producto intelectual que propició y desarrolló el mismo, fue sumamente influyente en la persona que hoy por hoy muchas instituciones catalogan como el “padre” del “Animal Liberation Movement”, el profesor Peter Singer, quien fuera en ese entonces estudiante de filosofía en la Universidad de Oxford. Sin entrar a considerar en detalle algún aspecto de la obra filosófica del filósofo australiano, ya que no es menester de una introducción como esta, es propio mencionar que la obra de Singer ha sido extremadamente importante para lo que algunos llaman lucha en pro de los derechos de los animales, o, como el mismo Singer aduce, la lucha de liberación animal, tan arraigada en los fundamentos utilitaristas esbozados en el texto que se conoce como la “Biblia” del Animal Liberation Movement: el libro Animal Liberation. Siendo injusto con su obra, podría resumir muy someramente su postura general sobre el trato animal de parte de los seres humanos, dentro de un marco de argumentos utilitaristas que incluyan a las demás especies animales como seres sufrientes, o con capacidad de consciencia de sufrimiento, y que les aplique, al igual que a lo seres humanos, el principio de minimización del sufrimiento. Arguyendo este principio, y estableciendo que no hay una superioridad de especies en estos términos éticos, se puede derivar fácilmente que la actitud ética de los seres humanos deba ser la de prevenir lo más posible la consciencia de sufrimiento de las especies en la Tierra, teniendo en cuenta la importante idea aristotélica de la finalidad de la ética: la búsqueda de la felicidad.

Esta visión utilitarista de la lucha de liberación animal, contrasta radicalmente, en términos de fundamento, respecto otra visión teórica emergida prácticamente de forma coetánea, y que se denomina abolicionismo animal, representado por los académicos Gary Francione, Tom Regan, James Rechals, Bob Torres y Steven Wise. Este último, el profesor Wise, fue pionero en ser scholar de Derecho de los Animales en la Escuela de Derecho de Harvard, y el primero, el Profesor y abogado Francione, ha sido el más grande acicate, hoy por hoy, del abolicionismo animal en la nación norteamericana.

La línea de pensamiento del abolicionismo, en contraste con el utilitarismo, pretende respetar a los demás miembros de otras especies animales como fines en sí, además de tomar en consideración sus intereses de superviviencia y evitar al máximo el sufrimiento de los mismos. Para esta postura, llevada a la práctica originalmente por el grupo Animal Liberation Front, cuyos actos delictivos tienen como fin rescatar animales explotados en la industria de dependencia caprichosa respecto demás seres vivos, es inconcebible que hoy en día el ser humano utilice a mansalva otras especies, causando o no daño a demás seres vivos, para intereses meramente egoístas y particulares. Para ellos, a diferencia del utilitarismo de Singer, la conversión al vegetarianismo o veganismo, si bien es la actitud moral correcta en una relación ética con los demás animales, no es suficiente para erradicar un mercado que mata aproximadamente 600,000 animales en sólo un día en los EUA. Las cantidades de animales matados para consumo del ser humano, sin necesitarlo naturalmente, hacen que los abolicionistas aboguen por restricciones radicales a dicha empresa mortífera.

Gracias a este esfuerzo intelectual, y la voluntad de rescatistas y activistas políticos, grupos como People for the Ethical Treatment of Animals (PETA), The Humane Society of the United States, Animal Legal Defense Fund (ALDF), Animal Aid, Animal Liberation Leagues, In Defense of Animals, Vegan Society y Anima Naturalis, entre muchísimos otros, han desarrollado arduas campañas por replantear una ética respetuosa respecto a las demás especies animales cohabitantes en la Tierra. También es importante mencionar que hay múltiples partidos políticos con presencia real en los parlamentos de países como Bélgica, Holanda, Gran Bretaña, Italia, entre muchos otros. Además, hoy en día más de 180 facultades de Derecho de los EUA tienen cursos de Derecho de los Animales en sus currículos, así como clínicas de asistencia legal y grupos estudiantiles dedicados exclusivamente a propiciar el debate de lo que hoy aún, en gran parte, sigue siendo un tema secundario en la mayoría de las instituciones sociales.

Recientemente, en la discusión académica y social, no sólo se han hecho comparaciones de la lucha pro derechos de los animales con las luchas pro igualdad de géneros, como las aducidas por la feminista y activista Catharine Mackinnon, sino que figuras de la literatura y filosofía, como el nobel sudafricano John M. Coetzee, el filósofo argelino Jaques Derrida, la filósofa Martha C. Nussbaum y los profesores David Favre y Richard Posner, han apuntado en sus investigaciones y obras el tema animal como un aspecto protagónico en el pensar ético humano. Para la reconocida profesora Mackinnon, la dominación masculina se despliega a través de las relaciones que han tenido las sociedades patriarcales occidentales respecto a las mujeres y a los animales, comúnmente feminizados. Para Coetzee, en su famoso libro The Lives of the Animals, la protagonista, una famosa escritora, se enfrenta a una diatriba sumamente incómoda, al cuestionar la tolerancia hacia aquellos que siguen siendo parte de una industria que produce tanto sufrimiento cotidianamente. Por otro lado, para Derrida, en su obra póstuma The Animal Therefore I Am, se hace un análisis severo sobre cómo hemos construido aquello que denominamos particularmente animal, obviando el sinnúmero de diferencias fisiológicas y psicológicas del gran conglomerado de especies animales existentes entre los seres humanos. Sin entrar en detalles, creo que se estableció la pertinencia fundamental de discutir este tema en todos los espacios posibles, asumiendo una postura crítica y abierta sobre un aspecto de la Ética que ha sido paupérrimamente discutido en Occidente. Está en nosotros preguntarnos cómo nos vamos a relacionar con las demás especies animales, mirándolas a los ojos como seres sufrientes.

Anuncios