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Aunque tardíamente, comparto por este medio mi más reciente columnath en la revista digital 80 grados. El contexto no ha mutado demasiado desde aquel entonces.

“El sistema electoral liberal se cimienta, en parte, en un engaño práctico y material que llega a nuestros días como una posibilidad abierta para que cualquier persona ciudadana en un Estado democrático pueda aspirar a cualquier cargo público. Lo que ontológicamente podría parecernos plausible, fácticamente nos es desvelado como altamente improbable, por no decir prácticamente imposible. Los sectores dominantes de nuestros Estados, incluyendo a Puerto Rico con sus evidentes déficits democráticos formales, se han caracterizado por crear las condiciones propicias para la perpetuación de privilegios institucionales y patrimoniales mediante un marco político que desde hace tantos años podemos categorizar como de democracia de élites. Mediante un esquema electoral que limite drásticamente el surgimiento de sectores políticos como sujetos colectivos emergentes con presencia política institucional, los sectores dominantes se aseguran de blindar un tablero de juego en el que permiten, desarrollan y promueven una dinámica normalizada entre dos partidos políticos cuyos intereses tienden a coincidir –o al menos ser compatibles- con los intereses propios de aquellos. Es decir, fijan prospectivamente las normas del juego con el propósito de que, pese a la confianza de un sector importante de la población en que puede existir algo realmente novedoso, en realidad ningún agente político se salte las normas del tablero político y, por ende, afecte los intereses particulares de los agentes privados -pero dominantes- que permanecen tras bambalinas.

Es un claro esquema de dominación institucional cuyos actores dominantes, en gran parte, aparecen alejados de la opinión pública y claramente de los ejercicios democráticos de comicios electorales. Es un modelo que, aunque no impide que en la sociedad surjan agentes políticos –tanto individuales como colectivos- propios de un periodo histórico en particular, sí somete a escarnio a quienes osen conquistar poderes institucionales como sujetos políticos relevantes. Ello, en parte, explica por qué hay ciertos actores políticos cuyos discursos tienden a no coincidir originalmente con los discursos oficiales de determinado partido político hegemónico, pero aún así los y las vemos en las listas electorales como candidatos que suscriben las principales líneas de políticas públicas propuestas por el partido al cual se afiliaron. Inconsistencias políticas que pueden reflejar un peligroso deseo de no desprenderse de las comodidades institucionales que representan partidos políticos realmente en crisis –en clave gramsciana- y por tanto asumir la cómoda decisión de renovar el partido desde sus propias normas de juego. Como hemos visto, el fracaso de estas pretensiones de regeneración institucional ha sido tanto recurrente como permanente. Por ende, la sinceridad y consistencia política de este tipo de candidato, ante tantos fracasos institucionales por regenerar algo dentro de las normas de juego de un partido hegemónico, resultan altamente cuestionables.

Por el contrario, recientemente hemos visto cómo al menos dos candidaturas independientes a la gobernación han tenido una repercusión mediática realmente notable. Son personas provenientes del sector privado con recursos patrimoniales suficientes como para emprender una gesta que, ante nuestro deficitario y contraproducente esquema electoral actual, puede parecer realmente épica. ¿Pero cuán novel es una candidatura como esta? ¿Qué tipo de modelo es el propuesto? ¿Mediante qué tipo de sujeto político pretenden regenerar la política en Puerto Rico? Esta no es una evaluación sobre los méritos y la sustancia misma de las propuestas de gestión pública esbozadas por estos candidatos, sino una reflexión sobre el modelo de sujeto político que representan funcionalmente en nuestro ámbito público.”

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